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Omaguaca

Retepó, del sabía decir y hablar con las runas bebés al margen de las intentadas y ténues bandanales de exprriencias y sufragios servidos con una cuchara de dictas y otro destino de ir detrás la imagen en forma de barro en medusa con el sinsentido del devenir en este puerto díptico sin la funda para la lluvia del día a día de cuatro antecesores del comportamiento de enrocar con las aristas del chorro de coros y faldetas para destapar como regalos, de similitud a los oficiales del falso adorno alimentado sin saber las confusiones que miden los cambios de ropa suplantadas en un varquito de corcho y conspiraciones de arquitectura que adelantan los truenos y fiestas de orgías parafarmacéuticas, o las entrenadas para pádocks y tres cuádrigas más para imitar el miedo, el estilo amazona de la burgesía actual, del estético anónimo que solo se justifica con sálgemas masticadas, como chicle de alquitrán y alfalfa de algun comedor de granja despistado con almidón para las fúculas que reúnen a todas las alas de gángsters y manadas de manuales de una obra nueva medio construída por la aula de kanjis tan preparada como para traducir un esimio para comer con fácil acceso y lleno de claroscuros, de descuentos, de alguna intacta plataforma llena de atrasos para la delgada visibilidad del cloaqueo de lo salado ques e mezcla con el primer lunes del mes inventado, menos violento que el de la oscuridad bizentina de la calle libertad, y con los incesarios como degolladores de pollos y cada omaguaca en las urnas de cada canción obligadas a levantar multitudes de furgoncitos y mandos del diminutivo de película que no prolifera para luego desaparecer en el dolor encallado que sostiene la tristeza de lo que pudo ser y no fué, y repite en la cuajada cada vez que se recuerda el número veinticinco y el final del quemazón concreto, del plato de la comida pasajera en todas las únicas voces tratando de inútil y antuguo cambiante, o verdadero que sostiene el ésmito de ojeras paupérrimas y pelucos en las manos del largo tanto pasados los comienzos sobre dejar los respirados olores al deseo del satín nuevo, del orto femenino para degustar con un poco más de flujo que cambia con la seguridad, con las razones de un trio con dos barbies sacadas del clóset de sus finos carpaccios de árduas malcrianzasy percebes sin el calor del carro sucio.

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