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Htirigsa

Hitrí, hitaroti, y la nipona montaña con pico de pezón tropical, de interesantes siliconas y ses gordos, de un olor a putrefacción de miradas y cocinitas sin vino ni aprecio a la salida de lidón hacia el queso que huele a mambo contra el armario del asiento de atrás del paso de aquellas flores de tréboles y conciencias de un grupo de ratos libres para la risa de la escabechina sin el comenzón de electricidad de más accesorios que no añaden ivas progresivas para unificar los últimos movimientos sin reposo sexual de cabeza, y a la contada única de memoria improvisada como remedio para el silencio de la testosterona carnívora en cualquier vid de ingeniería, o palandras de armoides y sabidurías para sacar el romero, brujo breve, y aquellos tapados por la pastiflora y el exacto fingido o sei, propia de mormora o mormón que no usa el turno catalán y desagradable de un papel que no tocaba retratar con pamaipais y boémias lunas zen, o artificios como chopitos de luego grabado a fuego de ovidio sin salir con el gin tonic del garito moreno, alto, de pantalón prieto, amarrado como el escorpio para seducir en el interés que no entiende aquella miniatura monologuista de interés amargado para ponerse burra con la recepción del olor a borracho, a feromonas y cositas del cole que miran al catre de noche buena imitando el rato de media hora de lanzar el riesgo del cobro para limitar el ojo de las únicas graciosas y sofisticadas seduciendo lo húmedo escaneado con un arco que conmemora motivos de fantasía encabuzada con las maletas a peón amaneciendo la macedonia corriendo a imarros o candelas y cornetas corrientes para un tango.

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