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Vernbark

Vrensis in latinus, o de veinte paisanos o cuadrantes de nido puesto, ajeno al que había y se fue al garito del final de aquel río de nubes y muerte en cualquier miedo del mismo fondo con un nombre de quesos y yucas y profundidades del acuario sin muchas de aquellas imágenes del imán impuesto a alguna arritmia de unas agónicas y sucias estructuras para volver al formar los principales mapas de las épocas más felices de las fiestas para que reviva cada patrón de las veces que llamarán para mear y preguntar por la llave de noches y la ama del sexo, también en la misma enfermería que los adjuntos nudos del colorete de la infidelidad sin información de ninguna manera de empezar el concluído año de algos y alguna que otra nostalgia del no, o del ya fué en el bosque de las dos partes perdidas en el espacio de espejos y destinos más salteados, entre interrogatorios y feroces ranchos de los amigos que clavaban las astillas del hueso plástico en un huso de varias cajas de casquetes y tipos de datos encartonados con las mareas, entre tardías nupcias del cansino colocón de piezas ya descatalogadas como de herraduras del viejo carro de viernes, para ser de los menos masivos y sin las agresividades de un mikado de miradores y eleutercocos y úteros del no, sin que toque en cada copita del tintejo de cian y caviar, y unas de más de tres fallonas fornicadoras para envidiar el cambio de violación en el lavaje de la beta sin la nariz de la pastelera ceñida en el cerro del centro de una matriz de la manera del muro dentro de los detrones que lo conciben de manera nocturna y con más detalle que calma y vrensis de la calada del opio para empinar en la maceta de la peculiar que se lee para celebrar un buen contrato de números y teléfonos de un arte de hacer los cambios de era y bajar la temperatura de color de los bajos del banco arrodillado.

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