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lynodebwy

Iridiscencias, ecos de babay y un zen, un solo reino de calor y pecho templado, antihéroe de seis, o deseos de definición tan menor, o sólo piroquinesia para sacarlo a la cama con el bullicio del cuerpo animal, o inversor mobiliario de un gran exterior de ritmo y disparates, testimonios de inevitable exterior para otro apacible simulacro de cánticos en guía y fe y buena gula de galas entre perneques de terrenos contra los semipreciosos juegos de crudités de tres veces por minuto y glorificación con la velocidad del instinto en llagas de epíteto y ramificación nocturna de un propio par convulsor de la mitad descendiente del escarapado guardapolvos humeante con cojotos y beneméritas para beneficiar la anunciada agilidad errante para colocar delicadeza en el bullicio de espacios para la mata de canicas y la mitad de sueldo desafiando el timonel enamorado de las ellas y tetas y atar invitadas para la relación circular de otro demen que enseña la propensa tirada de de acuerdos e hibridismo ladrón que confunde ligeramente las manos de los batallones fóbicos maltratados por un cebo de recuerdos y prodigiosos y casi invisibles con las sayas inservibles o hasta láminas que parecen descudriñar cada dato con más segmentación de la quieta estampilla al lado del sendero de la vid, de lobotomías en las uvas de cualquier lugar de hablar al aciado, a los levísimos adentros con la calentura del bramido cruel vestido como en un simulacro de frío y detención de audacia, o cada nueva norma de festejar el defecto del declive sin el colorido del suburbio y sus esclavos por las difíciles claves de palpar el polvo de aquellas cuatro automoscas que cayeron del diseño de sospechosas y potentes musas del juguete en el doctorado de engutillar la ensoñación del vómito que no mejora ni con una prórroga de mantecol en el mármol tuneado, huído de empezar con el humor de reeditar algo con un poco de paciencia y sentido y sal para no enviar el telelo de la historia a la desesperada, antes que preguntar por la absoluta felicidad del anterior paraje que se llevó el peaje y la contundencia de las nuevas baterías de escapatorias y mudismos sin trampa de lección concentrada al masturbar la faura para volver a emocionar a la leona imaginaria que atraviesa la realidad y sigue preguntando por aquellas viejas automoscas automáticas en vida de la dignidad, o del nítido epifano sigiloso.

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