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Sacher


La polilla estaba viva, estaba como un perro salchicha entre los gigantescos hongos de la casa del abuelo de Toulouse que estaba dentro de un frasco con las mermeladas y los porortos de manteca y los jarabes. Cada frasco era un historia de una idea que le encantaba ir a la modelar con ella para crear maravillas y montones de velas de miel para vender en la feria de "San Pancracio" todos los 18 de Abril y poder soñar de intentar todo otra vez, trabajando separados y en camas separadas y calambres apuntálados con Serofil 400gramos. Ahora no sé mon amour sí sabe el atardecer si vendrá a buscarlo su pareja de coro uruguayo-catalán el pianista Uri Betteredge con sus alternativas para buscar peinar otras pecas en los consoladores del ambient que muere por una Sacher y por su culo de oro y de esa polilla que despierta tranquila al verlos otra vez juntos entreabrir el hojaldre de inojos de la plebe encantada con los idiotas que junan de reojo. Nosotros que no queremos más borrachos con Ron y manzana, no queremos transfiguraciones, no tenemos aviones ni buques insigñas y por eso con todas las estaláctitas de la mezcla de nuestros reinos ignorados por la Escuela de Bellas Artes de New York igual bajamos a destornillar fábulas y a coser dobladillos amorosos y apuros tragados por la deseperación inventada del Señor que se mete dentro de ella de una manera extraña, con ojos de catequésis, como una hipersexuada parábola del encanto absorvido por el olor a caña con pitanga, para crear otra imagen de ese mundo con olor a vainilla, como comestibles orgásmicos de color carmín.

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