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Gridro

Tipificando el cargo desdramatizado, el típico alguien del cine y del mundo que vuelve a hablar de enlaces, de tetas blancas para succionar con cada sujetadero como entrante, como arroz y papas de periódico peritoneal para regonear la ilusión de bailar con materia prima de avatares gastronomiles a la ídem de celebérrimes entre cocineriles y deleznables sin la placenta para borbotear el punto de partida, o las faldas subidas por el aire plácido del soplo, de las retóricas especies de amapolas sin lluvia ni kilos de pastas de chocho para degustar con las colgadas esferas de helado de canela y vidas de tejados a la vuelta del celo, o entre las murallas del miedo a la reacción femenina, o a la válvula de la vagina sucia, de los trapos del cerdo feroz que grita cambiando el haya, los íntimnos que empacan la explicación sin cilantros ni nortes de magalufa subsahariana para recapitular sobre las monedas de su todo destinado a revivir las máximas infancias de pelar el sexo con el culazo de la normalidad hacia un luvé sin mil cualidades que viene sin pensar en la vida que llora por maneras sin proyectar los lados del infinito, o del polamité de mitad pobre y la otra decorada con gemas de sinueras o calcos calientes como para ponerse burras entre guarras palabras de entrega y la fecha de nacimiento de la caducidad del mismo mundo sin temas de veintisiete aritsus de auténticas joyas y posición del tronco general con el arte de ella que todavía no habla de nómina fija, o del caparazón, por el momento con nombres de querer la bilbo, la biblioteca de bicis en tiempo real, o al sonante de los olores de paqueteria, o fundas para el tabaco de pared, o de un miedo absurdo al duelo por puntos pululantes entre autoimportancias por el magnetismo de recordar las piezas del telar, o del poroto absuelto del décode para regalo sin estridencias de perra, o del miedo profundo de repetir las típicas babas de estigma que duerme a pulmón con las constelaciones de fruta girando hacia los ganglios de carnes y especies indescriptibles.

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