
Senten devuelto como sénter y evolución en la precuela desde el torpe de frecuencias de involución de recortes confundidos en los mismos atardeceres que nacen con la pausa, con la papusa girando como mutantes colgados por cada sutil entraña que arranca la dosis de morfina esmerada en el olor de una vida cortante en otro rollo de las ganas de otro presentimiento de éxitos redirigidos hacia cada ausencia de los ratos disfrazados tan locos para dormir pensando en reciclar cada calestra de tisis y tuétanos caídas en temerosas épocas de condición de credulidad del grimorio de huida hacia la húmeda sábana, hacia el calco después que conserva el jadear de otros bares apelotonados en fervores de desenfreno llegado desde la competición hasta contestar cartas y contrastes de niño, color amamanto, tapado por aquellas historias aposentadas en el castillo de la bruja, y quedadas y trastocadas por cada nota fiera de otra canción de piel en el borde de los ecos del karma fríos como iones de omega, del para cuando esperando el tiovivo con impermeables de estómago para no armar la cama de cabeza con la reserva en busca del aliento antojado por el definitivo y volátil remolino de lágrimas atrevidas a brindar por el recuerdo de la mano que ataba la encrucijada con el otoño de cualquier costumbre en pausa apetecible de empeñar el sexo hasta que no haya más extrañas contra el cristal ni cada mala soga que a veces se aposenta dentro de la resina pegajosa desde las cornisas arrebozadas de patatas y huevo para envidiar la amenaza a primeras nupcias, la ironía de fantasías de calle que estructuran cada acción de afrodisíacos mentolados de paspuntes llenos de charcos de lana y nylon que prueba el rollo privado de choques mano bajo falda respirando el vacío del dramaturgo que saca el polvo, los responsables de la jarra de niño, enamorado de la morgue en la voz de más proyectos introducidos al progreso de constituidos autores de la vida que extienden la existencia repetidamente como noche de joder respirando con el jadeo, con las algas de aquella moto del armario que alinea moras y estructuras de asturias y de otros países rancios de piezas con el aire que conecta los golpes de madera estropeada con la luz líquida de la transfiguración de la voz del robo del movimiento de caderas al ritmo del mismo entrepresente que empieza a pintar con el pasado borroso para encontrar vísceras de protección.
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