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Yámbico

También el yambé, el té, la tetilla esponjada con cara de patagón flotable, más quietecitas, esperadas, como la fractura que late todavía con las películas del trazo de correr en aquel rugir de las albricias sin el hándicap de sólo la esperanza del empanado punguista de interinas oliendo a hospital traspegando el cromo de pura niñez y tazas de letras y trazados en beigé hasta la chocotorta de la cocina sin el pulso del descafeinado a contrapelo del diclofenac trece, formateado de paso por ordenar la homosexual bienvenida menos que la cálida vagina olvidada por el estado de excepción noqueado por la antológica candidata a saber del cartelito de la red hacia la verdadera radical, la asta del nunca en protección de oírlos hasta aprovecharse del amenazado abdominal de inferioridades y empeños de intimidar con el yámbico justo en el trono que casi cae por la salvaje emotividad de las páginas y los cartuchos de algún maestro sin tripas de la clásica trompeta que salva el saxofón de la historia de amor entre instrumentales de jabón mayores en la escena del arrabal del melón sintético sin insigne de alejar las horas del karateka que genera por otra parte el makanake del dedal mecánico, cambiado por el reloj de sol, de cada locura de cuerda difícil, con pulseadas pertenecientes al dibujo de moonshinker pintado con el polvo del kellog's acondicionado para el próximo beso sexual acompasado a la dosis milimétrica de benzodiazepínicas horas veloces de hipnosis e histeria de lo que desaparece de la aversión estrangulada de la última cauterización de abril ensayando sensaciones de mascar el hambre dentro de la visión del terríble artículo llorado en una placenta de otra corona de huesos de jabalí, más los cortantes colmillos como dagas dilatando el dormitorio de cuando existía el sí con el aroma de una fotografía sencilla ardiendo por el simplicio del siempre fingiendo otro cuerpo de mamífero desnudo en el cuadro de algo imaginado arrodillado sin poder elegir ser diminuta.  

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