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Lépsorgő

Trágico contrapunto, a los siete setenta y diez entre inercias y risas y triatlones encarnados en pájaros moribundos y seos y esos estancados vientos inertes que aletean con la eficiencia del vuelo hostil, generando la temperatura del tintado trópico, y las asustadizas repeticiones criticadas por el lanzado tablado, sin manchar la prima negra, los saltos del espantapájaros tímido y rico, al írtelo que no esconde las desconfianzas del terreno clavado al mendigo pensante, a las patas de lémur lespargado a la orientación de la gente de dos días de edad que pillan regatear la antigua instalación de propuestas de la potencia de compra que excede a las mañanas entregadas al carro de enfermera y al autobio con flores granates, navarretes locas como querer pemán, algunas veces, y a las otras usurar la sangría y cantar canciones de tierra, de alas y un cuanto alegre y otro cuento del miedo nombrado por el sitio circunstancial y las corridas para paladear el ir llegando, la copia de coplas e imitaciones del máximo poder al tiempo del sitio alegre, sin seis puntuales domas de ejes y tiburón y prostíbulos que van y vienen del sí al no, al quizás hay que repetir, en la espera articulada, al lépsorgo despacio, al no, a la hoguera de las pelotillas en lata, más el iva del corazón del médici en mochila antibelicista de más finanzas que en la vibración de celdas compite con la de castigo desencadenado por los fierros de manchas y litrones de corridas que crecen al sonítono del estímulo del bienestar, que un todo sabe a uvas rancias, con cada tipo de autobiografía repetida a las mil represiones y golpes afortunados de gala y nita en más de dieciséis y menos de conjuro en la edición del cuarto parío a la pena de revelar un balazo estrella en otro no sé porqué hay lepsores en islas ignoradas y cuentos cortos y glorierías ñoñas para sentarse en el achís de la espástica, cerca de un gran contigo llevado al límite de otro ahora.     

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