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Bjegosla

Gosla, enené gozando de la pura testosterona en botellas de mililítros o de cubos de diazepan, o guillotinas para desactivar la normaildad de cada kizomba o cosecha del veinticinco bjegóz de angostura para servir las enormes tiendas de papá, del caballo de cuna pataleando por otra yegua joven y difícil de amamantar con el destino en la otra feria para vender todo lo que mata ansiedad y el trágico bicho reactivo y de nocturnidad casi angelical, casi vivida como reactivo de biopsia y el sentimiento del biopic, del rastro del retraso para desear el sueño erótico, las palanganas de menos plástica auscultación de hábitos de ojos y confluencias para después de cada flujo de la penetración antigua que pasa por seguir preparando la terapia, las exclusiones de las noches y ríos de fuerzas del orden que luchan para profesar seda y satín y a corte de ensayistas y malabares de cárcel en otro rapero americano, y jesús, y gorgonzola o pastafiores o doces entre cuarentenas y cuarenta y cuatros buscando a los más de cuarenta y pico de edad absoluta como las cuatro especialidades del cruel depósito de inyecciones y cómplices en las tentadas notas de cualquier trenza desdoleñada con la obra que suena bien después del sin ningún tipo presencial de agutzil y doce calles y tres puertas aficionadas al privado montado con repetidores en veinte siglos para despedir la rapidez de los tozudos almuerzos de mermelada y progreso de claves soplando desvelas de alquitrán y recuerdos de no hace mucho que necesitan volver a hacerse presentes sin aquellas pérdidas de esquizofrenia y bipolaridad que paran la mediana, los tipos de palabras y cicatrices destinadas a repetrir las casas de berjulois por otro ponce a repelo del bosquejo sin aquella textura de fruta y vergoronas que se deben al calcio postrado en cazar las calles de florinda, de ventas y rabias por haber desaparecido casi elegida por el dedo del azar, del misterio estimulado por la estipulación de cada palabra de neblina de un gris maracuyá con sapore a tierno premio a la persistencia, o al calar congelados instantes de prisa reconocida para remuntar remolques y cándidos olores al maestro de ceremonias, al libro de cualquier señal de paso y otro claro contrapunto, siempre de incompleto mártir, o como redescubiertos sabios que entran sin desnudarse al memorial de espejos astutos e intermitentes sin el uso de dudas y silencios de aquel ágomboli sólo de mirar improvisadamente al embrujado dixit.

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