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Dompolata

Epífora, u agenesia de domoyisho y transparentes probables defectos repartidos entre áltamos de madre de coco y figurines medidos en el mapuche, en voceras y genocidios de las fronteras rodantes que permiten la memoria territorial, las pequeñas motoras que componen respuestas lentas y colaboran con el lento reingreso a la sociedad de mierda, al colgado calabozo hecho de salvia y lesiones que acontecen encubriendo lúcidas filosofías de disponibilidad trascursando en perícias y braguetas de esparto montesino e informes de cualquier cabrilla desde el dato del deterioro de irregulares monólogos espirituales gravados debajo del papel de vívero a una nueva obra civil de mejores amigas sin informar al ejido del día de la fiesta sana, para la remoción del educativo técnico impactado por el perenne dicho de arenilla y grappa de peonzas o alergias al comprendido, y al igual de edad y sexo y talla y moretones en el vestido de encaje de Míriam, o en la domoplata in crescendo, o en los tres lados que forman cada continuación del tebeo, o de la selva blanda de la barnizada pasión, mesa delante cada derechista que no se encuentra cuerda como solía ser cada enfermizo resentimiento de copias comprobadas sin azotar, sin éxtasis sin encajar otra medida, otro popelín con olor a aventuras transitadas de bisutería y plástico demente, como dando a desear el arriba arriscado a la memoria por temor al mismo paranoico valentino que sólo se cura con diazepan y oler el satín, las nupcias, los traseros de terciopelo que regalarán los mil anillos e hijos y esencias de nieve y jaulas de remedios y canjes blancos con amor, enaguas y postigos, y orejas desconcertadas, y faldas, y quimeras sobresaltadas en lugar de caviar de limpiabotas y gritos de caballos desbocados picando la piedra para obtener un griego, o el éxito del francés químico, o las secuelas de palvia, de Míriam y las otras parejas de lesbianas que no amanecerán justas de reunidas aspiraciones con muletas y musgo para retocar el belén y ordeñar la corrida a la señorita en un arroyo de miedo y el dolor de las vaginas secas que ya no punza tanto pero todavía se carga en las nuevas y aromáticas guías interesantes de risas y salitres de mesa captados al instante con otro ojo todavía sin la llave de palabras clave y edades y agujetas en el vendaval de números conservados en los cestos del viaje del tecnicismo sin saber nada de los vestidos del campo y las murallas para ellas, los hojaldres para los infortunios de cortar por la navegación frenética o la ortodoxia, o la dorada sin guarra compañía de sábado.

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