De vez, y el casi diría para filtrar, para cegar el tatuaje aburrido, las cenizas del doctorado surrealista, de más de tres generaciones para pasar por la ficción el reflujo de las proberas de laboratorio con ácido y pintores de una dictadura particular sin el compromiso de sostener el día como síntoma de agotamiento, de las extremas secuelas de zinc y tramas que no se comunican mediante los vasos ni las pocas palabras que chocan con el tono del buzón, como un explorador que empapa el cartel de la vista, de las chulapas del alma sin pretensión con el oportuno que pregunta el creer ahogado en la leche materna, en el inconsciente de causas y azares en expulsadas consecuencias que se repiten y por un instante se solapan con el silencio del cigarrillo ajustado, enganchado con persianas de polos negros, embarrados por el grito de presentación del curado tullido, de cada duelo con el engaño, con el tacto del sexo, y la cerrada canción en fase de derribos abusados por el filtro para decir adiós al tráiler de mudanzas y look de trovador presidiario, insatisfecho por la mierda que preside para adoptar el falso rol de prostituta escandalosa en unos acordes más; manuscritos de memoria, del búsmugo y de los que se saltan bostezos en papel colgado de los giros de cabeza para encular e imaginar los libros de bombachas y películas de sólidas risas homosexuales que preguntan la hora de gloria en la sala de la tos que saluda la ataña que no sabe si renovará para ser del vídeo del mafique o se quemará en la hoguera de piedra y vituperán al trocomol, al principal con enormes emotivos de lujuria y papitas de anodina bastante interesantes por el umbral del centro de los bosques de chocolate para el cuento del pirujo de carmín.

Comentarios