Pió, a caramelo merengando otros sabores y calorías en gargantué, en el vagón de delante de la duradera tregua de tres tercios escogidos por el mango de la aristócrata sagrada, del lobby en percha, de la historia del babydoll roto, alguacilillos de rigor como el choto de uva entre océanos y ópalos hipnóticos en el palito de infancia que queda por repetir, el estímulo que no toca pasar, que no se va del terruño escurridizo de las fauces de la voz que mueve la posible muestra del sí, del cuerpo del campanario rociado de au revoirés y piononos de mantecol aparcados al paremos de nadar por las reformas constantes de vié y pensamientos de cansancio incumplido, y el jet lag del no pienso en el quizás mirado desde las sesiones de romanticismo zaguanes, llegados a la encantadora de dos vueltas al orígen de la madurez tapada por el injustificante irónico o el borrón tapado por el grado de pasotismo recio respecto a todo lo agravado no concebido; y la nívola casualidsad de constantes trasbordos de dolor y acarameladas, de esas que huelen a encimera y a almeja en el lienzo de las emociones sabáticas que pueden jugar con el protector de varices y lobos entregados a la tierna fantasía con la ética tuberculosa, de la sensación en espiral e ípsides de oro para pegar etéreas almas de amor de papel y literatura poseída en cada caricia de canciones y permisos para seguir en el mismo puesto de urea colapsada en la conjetura de la inconsciencia que siempre sabe abrigar la alegría del camino efímero para tantos príncipes hundidos en el dichoso momento sin la escapatoria de cambio deseada, de gritos, de bullas por el mismamente dentro de fantásticas franelas de besos de escepticismo como casi maquiavélicas piedras desde la frutilla que besa el matiz de mátios y esbeltos quisós de querer o queriendo entrar al catastrófico falso.

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