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Vestavertaño

Vetaverd y fuensanta, y rosas como fotos en el mismo absoluto, como la poca hambre del trastero de pinturas y días de otros vespertinos dolores en la mesa de operaciones de la pasta borrosa, sin flash ni otro shock de muerte, de algúnas rítmicas algas de otro último para compartir un dibujo rápido, acordado con la fuerte modificación no en un trocito de caballete de prespectiva con vitalidad y tres urgencias de tollos en un boceto para mover y desarrollar la palabra, la papa, la cadena de sexos que lubrica con un lago de chocolate sin ninguna novia nadando por la melosa diciendo año y pico o dos cotonetes de semen, de tocar el cobijo forzando el quiero del polvo eterno, a sombras del revoloteo de un dulce de entrepiernas y toques y verbos y cenizas de cénitos de éxtasis dulce con la campana sentada en el monólogo de ochos como reonas y tritones en el lado de los corchos, de relagos de látex pintados en la cúspide en desviashe de tres vueltas de baratijos sobre los gustos obligados a censurar el pack de subtítulos y pujas para la sujeción del momento eliminando a seguir la escondida noelia vacía, adolescente, veterinaria o la enfermera de la tesitura de explotaciones con velo de telaraña en las clases de regalo del pasado extra que pierde bastante la fuerza en el trozo de estilismo costoso con la lenta tiña en los mitos hechos con el masaje del coach en omisión, en ayudar al libro de la parte enamorada en vocación del óctopuss anihilado por los poderosos paisajes de cominos y patillas distintas, hasta sin tantas que crecen ganando los dieciocho tipo crítica para hablar con lo añorado y siendo un coito fuerte y doloroso por el medio camuflaje del vetevért, mansito y pizcas de picores que mojan la zitarrosteña púdica como en sitios de tanguitos y todas esas tristezas responsables de ratos de ferné e hijos sin ningún código de juventud imitado por las vivencias de aquellos enlaces hacia el éramos, hacia la señal del mixto de mate y candidatos a revelar la próxima procreación del banderín de perrito y la marca charro por delante del reemplazable sampaboyano con la autoría demócrata del estrenado que vende estragos empastillados para el porvenir del delgado banquero de la sociedad enferma del pastel de carne o del mercho que fué rareza de datos y sorteos de mudanza sin ser bidones de inyectables de completo orden.

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