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Gatopirí

Gatopé, rocoso propósito de lo particular pintado en la fiesta, en el jeté, del dolor que besa la lucha del almuerzo y las veces insensibles de carne y hueso, y platos de gusanos del parque enseñando la pregunta de las crisálidas que transforman lo anormal sin cantos sentados al poner cucharas con miel y ganas de brillar en la autoría de la vagina rondando la insistencia de tenerla en la mano de neón medio oro perfilado con la sesación del satín y la casta inconclusa, arraigada en el vívero pop y cada atracción efímera de las galletitas de orto inútil a dos pies del próximo rival desaparecido en la división de respetos distintos y pilas y soluciones para la egocentría tonta de tantos meses buceando entre lagos de máquinas que juegan con farras y peloteos del no decidir parar la opinión del cambio, del ajedrez pensionista que no deja crecer lo que fuimos para papelear contestaciones fuera de lugar y más líos o simplemente una ley natural para llegar al techo humilde bañado en pocas distinciones adolescentes prendiendo del aguante eferente en el cierre de fotóforos y bránqueas para no agonizar la enferma idea del nacional que no acaba de sanar la horrenda apreciación, la pelota creciendo en la salida del transporte bipolar sin la euforia del principio para ver a la bonita aislada, arrogante, más espectadora de lo normal, más patética que una química arruinada impuntual como todas las amantes imaginarias sin el pasaporte para ser penetradas por los brazaletes de espigas confusas por la segunda mucama y menos masa para la otra teta de pegamento que se lleva sin chupar, la escénica metamorfosis del fin sin oxígeno recargado de neuronas y diazepan que sigue pesando para regalar mejor vida y sueños hermosos que la reclaman para hablar con la locura inoportuna, difícil de existir, guardando pensamientos inmundos y erectas secreciones de historias de lápiz sin papel de tórtoras y fronteras en el mismo rinconcito apartado del sexo acampanado por la memoria.

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