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Queda el resto

Queda el arte, el puerto corto que comparte la cumparsita conocida por el laberinto diseñado para superar el descanso del trayecto corporal, del recorrido de los años y las prisas a contracorriente que llegan del pasamanos antiguo, o la gangrena de la verga que no puede centrarse en la estabilidad de la sangre desviada en la caricia al azar, al par de caléndulas que desean algo duro, de oro, sin habladurías inútiles, sin monos levantados de la marca de la bromera que nunca se supera servida en botines descuartizados que buscan un sano consuelo, un repetido en cierto repudio con el horror de un balazo asfixiado con el facesitting sin el aviso de la farmacéutica que controla la agujonera del espanto que me observa a distancia para sentenciar el bautizo en yeso del ilustre epistolar de la mascota del matrimonio en escombros y rescate íntimo, reservado para la fija diosa que no se deja ver en el empate de la pegada por varias varices de cabezas que piden la firma condena de los infantes, de las facturas consoladas por el alcohol de quemar, por la noche de brindis y taquicardias de la fractura que desorienta de nuevo la pared maestra, el muro que ha aguantado cuatro primaveras y mil veranos y se está quebrando por culpa del resto, del fetiche que ataca, que corre, que desea la descendencia de inmediato, y vestirse como bandera sin el riesgo débil de las tardes, de los glandes acaramelados a punto del pizarrón que ni despeina los primeros garabatos de alterne y vértigo casero y muerte del texto sin merecer esas convicciones que comprometen con el aborto superior de la señal de la línea tatuada en cadena referida a la falta de diferencias en la villana nupcia que se come los simples ropajes de ficción.

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